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09

En "IT (Eso)", el voluminoso libro de Stephen King, un grupo de niños de una población imaginaria llamada Derry se enfrenta a una fuerza diabólica que amenaza la ciudad cada 27 años. Esa fuerza, no por casualidad, tiene forma idéntica al payaso de McDonalds, el consumo urbano personificado en monstruo. Cuando los protagonistas deben regresar a Derry 27 años después para volver a luchar contra el payaso, ya en la década de los 80, se encuentran una ciudad mucho mayor, despersonalizada y transformada en cuanto a sus calles y comercios:

"Tal vez por que el cambio, de algún modo, parecía muy opaco. O por que Derry parecía haber perdido, para él, su rostro esencial.

El teatro "Bijou" había desaparecido remplazado por un parking. El "Shoboat" y el comedor de "Bailley", los locales vecinos, también habían desaparecido dejando lugar a una sucursal del "Northern National Bank". De la endeble estructura de hormigón en bloque sobresalía un indicador digital que marcaba la hora y la temperatura en grados Fahrenheit y Celsius. La "Farmacia Central", cubil del señor Keene, tampoco estaba."

Un taxista pone al día a un melancólico Bill, protagonista del libro:

"
- ¿Cuando los hicieron?
- ¿Los bancos?
- Si.
- A fines de los años sesenta o principios de los setenta. Consiguieron ese dinero para renovación y lo usaron para tirar todo abajo. Vinieron los bancos. Creo que eran los únicos que podían venir. Flor de porquería, ¿no? Renovación urbana lo llaman. Renovación, una mierda, digo yo. Y perdone mi lengua si usted es religioso. Se habló mucho de que iban a revitalizar el centro de la ciudad. Ja, bonita revitalización! Tiraron casi todos los negocios de antes y pusieron un montón de bancos y parkings."

O el destino de una de las calles degradadas de Derry:

"Egbert Thoroughgood, que ya tiene noventa y tres años, me habló de la noche en que había estado con una prostituta barata en un camastro de a calle Baker (que ya no existe; ahora se alzan edificios de clase media donde antes bullía y bramaba la calle Baker)."

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08

Jean Paul Sartre
escribía en 1938 estas lineas en su obra "La Nausea", que se desarrolla en Bouville, ciudad imaginaria que no escapa de las transformaciones milagrosas en sus calles, dando pie a la llegada de las clases más altas a la antiguamente sucia Calle Tournebride.

"Hace apenas sesenta años nadie se hubiera atrevido a prever el milagroso destino de la Calle Tournebride, hoy llamada el Pequeño Prado por los habitantes de Bouville [...] La Calle Tournebride, ancha, pero sucia, y de mala reputación, hubo de ser enteramente reconstruida, y sus habitantes fueron firmemente rechazados detrás de la plaza Sainte-Cécile; el Pequeño Prado se ha convertido -sobretodo, los domingos por la mañana- en lugar de reunión de los elegantes y notables."

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07

Orhan Pamuk
, Premio Nobel de Literatura en 2006, recuerda en sus memorias narrativas sobre la ciudad de Estambul como eran los barrios pobres (y como fueron "occidentalizados") que conoció a mediados del siglo XX y las transformaciones que sufrieron los lugares declarados "pintorescos" por visitantes extranjeros y artistas atraídos por la decadencia de la capital turca, "quienes disfrutan de la "belleza" casual que presentan esas escenas de pobreza de los suburbios con sus descuidados rincones históricos o saborean el pintoresquismo de las ruinas, son los que vienen de fuera [...] que ensalzaban el "Estambul remoto y pobre" y la vida tradicional que aún subsistía con todas sus fuerzas en las callejuelas traseras, que se preocupaban porque aquella cultura "pura" estaba desapareciendo a causa de la occidentalización".

En el cuarto capítulo de su libro "Estambul, ciudad y recuerdos" encontramos las siguientes líneas sobre la degradación de ciertas zonas que fueron revitalizadas con los nuevos comercios:

"Por otra parte, la amargura que despedía aquella cultura muerta, aquel imperio hundido, se encontraba por todos lados. El esfuerzo por occidentalizarse me parecía, más que un deseo de modernización, una inquietud por librarse de todas las cosas cargadas de recuerdos llenos de amargura y tristeza que quedaban del imperio desaparecido: eras como tirar a la basura la ropa, los adornos, los objetos personales y las fotografías de una hermosa amante que se ha muerto de repente para librarnos de su destructor recuerdo [...] dio paso a que los palacetes ardieran y se hundieran, a que la cultura se trivializara y se quedara coja y a que el interior de las casas se dispusiera como un museo de una cultura que no se había vivido. [...] Mi hermano y yo hemos contado muchas veces, más que por nostalgia como ejercicio de memoria, los cuarenta años de historia de aquellos establecimientos comerciales que en años posteriores se iban cerrando según modas y entusiasmos pasajeros para dejar su lugar a otros nuevos que a su vez acababan por cerrar también. Uno de nosotros decía por ejemplo, "el local frente al Instituto Femenino Aksam" y el otro enumeraba los negocios en que se convirtieron sucesivamente: 1. la pastelería de la madame rumí 2. una floristería 3. una tienda de bolsos 4. una relojería 5. un despacho de quinielas 6. una galería de pintura y librería."

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06

Fragmento del libro "Las Ciudades Invisibles" del escritor de origen cubano Italo Calvino, publicado por primera vez en 1972 y en el que asistimos a ¿imaginarias? descripciones de ciudades como Clarisa, donde el nuevo esplendor sustituye a la pobreza.

[...] "Armada con los pedazos heterogéneos de la clarisa inservible, tomaba forma una Clarisa de la sobrevivencia, hecha de chabolas y cuchitriles, charcos infectos, conejeras. Y sin embargo del antiguo esplendor de Clarisa no se había perdido casi nada, todo estaba allí, sólo que dispuesto en un orden diferente aunque adecuado no menos que antes a las exigencias de sus habitantes. Una suntuosa Clarisa rompía la crisálida de la pordiosera Clarisa; la nueva abundancia hacía rebosar la ciudad de materiales, edificios, objetos nuevos; otras gentes afluían del exterior; nada ni nadie tenía que ver con la Clarisa o las Clarisas de antes; y cuanto más se asentaba triunfalmente la nueva ciudad en el lugar y en el nombre de la primera Clarisa, más comprendía que se alejaba de ella, que la destruía con no menos rapidez que los ratones y el moho: no obstante el orgullo de los nuevos fastos, en el fondo de su corazón se sentía extraña, incongruente, usurpadora.

Y entonces los fragmentos del primer esplendor que se habían salvado adaptándose a tareas más oscuras, eran nuevamente desplazados, custodiados bajo campanas de vidrio, encerrados en mesas-vitrinas, posados sobre cojines de terciopelo, y no porque pudieran servir todavía para algo sino porque a través de ellos se quería recomponer una ciudad de la cual ya nadie sabía nada."

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05

Fragmento de "Los ojos de los pobres", poema en prosa escrito por Charles Baudelaire en 1864. En plena época industrial, se produjeron los primeros procesos de suburbanización (las llamadas utopías burguesas) de las clases burguesas hacia la periferia, huyendo de la suciedad de las fábricas que funcionaban a pleno rendimiento en los centros de las ciudades después de haber atraído de forma masiva al proletariado de las zonas rurales. La vuelta a los centros de las ciudades de las clases más favorecidas produjo los primeros conflictos sociales con los obreros y clases pobres.

[...]  "Al anochecer, como estabas algo cansada quisiste sentarte en la terraza de un café nuevo que hacia esquina con un bulevar también nuevo y todavía lleno de escombros, que ya mostraba su esplendor inacabado. El café está resplandeciente. Hasta el gas alumbrado desplegaba todo el fulgor de un estreno e iluminaba con toda su fuerza las paredes de una blancura cegadora, las superficies deslumbrantes de los espejos, los dorados de las molduras y cornisas, los mofletudos pajes arrastrando con perros con correas, las damas sonriendo al halcón posado en el puño, las Hebes y los Ganímedes ofreciendo con los brazos extendidos un ánfora con jaleas o un obelisco bicolor de helados con copete, toda la historia y toda la mitología puestas al servicio de la glotonería.

En la calzada, justo delante de nosotros, se había plantado un buen hombre de unos cuarenta años, con cara de cansancio y barba entrecana, que llevaba de una mano a un niño, mientras sostenía en el otro brazo a una criaturita demasiado pequeña para andar. Estaba haciendo de niñera y llevaba a sus hijos a tomar el fresco de la noche. Todos iban andrajosos. Los tres rostros estaban extraordinariamente serios y los seis ojos contemplaban fijamente el café nuevo, con igual admiración… Los ojos del padre decían: "¡Qué precioso, qué precioso!". Se diría que todo el oro de este pobre mundo se ha concentrado en estas paredes". Los niños exclamaban: "¡Qué precioso, qué precioso!" Pero este es un sitio donde sólo puede entrar la gente que no es como nosotros". En cuanto a los ojos del más pequeño, estaban demasiado fascinados para no expresar más que una alegría estúpida y profunda."

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04

Fragmento del libro "El orden natural de las cosas" del escritor portugués António Lobo Antunes, en la que encontramos interesantes paseos por el barrio lisboeta de Benfica después de ser transformado a mediados del siglo XX:

[...] A treinta o cuarenta metros se alzaba la palmera de Correios, y un poco más adelante, en dirección a las Portas de Benfica (un par de castillitos de juguete prolongados por garitas corroídas por el tiempo), se situaba la vivienda donde un hombre barbudo tocaba el violín, tañendo el instrumento con gemidos crueles. Un día festivo cualquiera, hace meses, tomé en el Arco do Cego, delante de un cine cerrado, con la platea que se deshacía detrás de la reja de hierro, un autobús hacia mi infancia, y viajé por calles desconocidas bordeadas de edificios opacos, todos idénticos, en los que no reconocí una sola fachada, hasta desembocar en un barrio habitado por salones de peluquería y consultorios de ortodoncia, y en cuyas esquinas me perdí [...] Fincas de diez plantas habían engullido a las casas o nacido de las fresas y de las coles plateadas por la baba azul de los caracoles. Descubrí, después de andar kilómetros alrededor de oficinas de cables eléctricos, una placa atornillada en la pared, al lado de un taller de modista, que anunciaba Calçada do Tojal, y no obstante, Iolanda, ya ni la cuesta existía, aplanada por excavadoras gigantescas: sólo balcones y balcones, estores y ventanas de aluminio y un señor de edad paseando a un perrito que alzaba la pata junto a los automóviles de la plaza. De modo que regresé al cine de Arco do Cego sintiéndome un hombre sin pasado, nacido cuarentón en un asiento de autobús, inventando para sí mismo la familia que nunca tuviera en una zona de la ciudad que jamás existió. [...]

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03

"A cidadezinha"
es un párrafo urbano del Colectivo Bu.

"Compré una pequeña ciudad. Luego me apresuré a tranquilizar a toda la gente, diciendo que nadie tendría que mudarse. Íbamos a hacer las cosas con toda calma, de forma gradual. Los habitantes quedaron satisfechos pero un poco desconfiados. Pasé por el centro, donde hay comercio y grandes almacenes, pensando: "unos cuantos cerezos aquí quedarían bien". Continué recorriendo esas avenidas con bonitas casas y pensé: "que ciudad tan agradable, realmente me gusta". Me agradaba tanto que comencé a transformarla despacio. Pedí a algunas personas que desocupasen toda una manzana para poder demoler las viviendas. Alojé a toda aquella gente en el hotel más fino de esta pequeña ciudad, asegurándome de que todos tuvieran una bonita vista. Convertí el solar vacío en un parque, un bello terreno con hierva, con árboles y pequeños lagos. Nada excepcional, intenté no ser muy imaginativo.

Quedé satisfecho con la satisfacción de los habitantes de mi pequeña ciudad. Pero no tenía ninguna idea más, salvo no ser demasiado imaginativo. Entonces volví a hacer más parques y a alojar más gente en el hotel. Con vistas, claro. Ahora toda la pequeña ciudad es un bello y verde parque, lo que me deja tremendamente satisfecho. De las personas no tengo noticias hace bastante tiempo, espero que continúen disfrutando de las vistas."
Cronista del Império Persa, Siglo I a. C.

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02

Fragmentos extraídos del libro "Un artista del mundo flotante" de Kazuo Ishiguro. Ambientado en los tiempos de la posguerra en Japón, Ishiguro describe con nostalgia todo aquello que se pierde en los antiguos barrios bohemios con la reconstrucción de un país bombardeado.

[...] "he dicho "nuestro barrio de vida nocturna", pero en realidad no era más que un lugar donde beber, comer y charlar. Las auténticas zonas de vida nocturna, las casas de geishas y los teatros, estaban en el centro de la ciudad. Yo siempre he preferido nuestro barrio. Atraía a una muchedumbre animada y al mismo tiempo respetable, gente en su mayoría como nosotros -artistas y escritores seducidos por la idea de conversar animadamente hasta bien entrada la noche- [...].

[...] La zona empieza cuando el Puente de las vacilaciones, por ejemplo, era un desierto cubierto de escombros. Ahora, en cambio, es un lugar donde las obras progresan a gran velocidad. Frente al bar de la Señora Kawakami, donde antes se amontonaba la muchedumbre en busca de diversión, están haciendo una carretera y, a ambos lados del establecimiento, están poniendo los cimientos de los que serán en un futuro bloques de oficinas. Cuando la Señora Kawakami me contó que una empresa le ofrecía una buena cantidad de dinero por su local, ya hacía tiempo que había supuesto que, tarde o temprano, la mujer tendría que cerrar e irse a otro sitio.

[...] La Señora Kawakami se quedó callada, como si entre el ruido que hacían los obreros distinguiera algún sonido. Acto seguido, se le iluminó la cara con una sonrisa y dijo:- ¡Antes era un barrio magnífico!, ¿Se acuerda?
Le devolví la sonrisa pero no respondí. El barrio había sido magnífico, sí. Todos habíamos disfrutado mucho y la alegría y el buen humor que impregnaban nuestras discusiones siempre habían sido sinceros. Pero quizá aquella alegría no fuera tan positiva y, como otras muchas cosas ahora, tal vez sea mejor que todo aquel mundillo haya desaparecido para no volver. Aquella noche estuve a punto de decirle estas mismas palabras a la Señora Kawakami; sin embargo, decidí que habría sido una falta de tacto. Naturalmente, su antiguo barrio significaba mucho para ella. La verdad es que le había dedicado todas sus fuerzas y toda su vida; por lo tanto, es fácil comprender que se negase a aceptar que aquello formaba ya, y para siempre, parte del pasado."


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01
Dos fragmentos extraídos del libro "Bohemios" de Dan Franck, en los que varios autores abordan la problemática de barrios parisinos como Montmartre o Montparnasse en la primera mitad del siglo XX, con la llegada -y salida- de artistas a la zona.

Roger Vailland:
"Desde hace seis meses, la precipitación con que los artistas abandonan Montparnasse se ha acentuado. Huyen de los hoteles caros, de los talleres que ya sólo pueden servir de estudios a americanos ricos, y de un pintoresco explotado por los paneles publicitarios de quince salas de fiesta y por una serie de revistas y periódicos locales en absoluto desinteresados."

André Warnod:
"El industrial que abra el primer restaurante nocturno por aquí hará tal vez una fortuna, y los artistas se marcharán con sus bártulos para instalarse fuera de Montparnasse."

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