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El barrio de San Luis, en Sevilla, sufre desde hace más de tres décadas los efectos de una especulación urbanística desmedida que no sólo ha transformado el paisaje del barrio, sino también su tejido social.

La cara interna de la vieja muralla de la Macarena comienza la zona norte del casco histórico de Sevilla. Es un vasto espacio urbano que se extiende hasta la Alameda de Hércules, en el que el paso del tiempo y el devenir de los hombres han logrado la metamorfosis de viejo núcleo industrial a una de las más preciadas perlas de la ciudad para la especulación urbanística y el enriquecimiento rápido. Por el camino ha quedado el éxodo permanente de una población de origen humilde y obrero que habitaba el barrio desde hace siglos.

El potencial urbanístico de la zona norte del casco histórico de Sevilla ya lo descubrieron los visigodos y almorávides, que desecaron y estrecharon el brazo del río Guadalquivir para ampliar el recinto amurallado. La Alameda era entonces una charca en la parte más baja de la ciudad intramuros conocida como la “Laguna de la peste” por los cauces acuáticos y humanos que en ella confluían y quedaban estancados.

En esta parte abundaban las huertas y pronto comenzó a fraguarse un núcleo industrial en el que predominaban los telares de seda, lana e hilo. La industria textil de la época empleaba mucha mano de obra, por lo que los obreros se fueron asentando alrededor de los talleres y el barrio se impregnó de un carácter especial y singular que ha sido siempre su seña de identidad.

Fue durante la segunda mitad del siglo XVI cuando se realizó la definitiva obra de relleno. El asistente Francisco Zapata utilizó olmos y álamos para la mejor desecación de los terrenos y logró convertir la Alameda de Hércules en el primer paseo público europeo.

A mediados del XIX y principios del XX, la oleada de inmigrantes que llegó a la ciudad se instaló en las cercanías de las nuevas fábricas y talleres de intramuros y el fenómeno hizo que la población de la ciudad se duplicara. El carácter obrero del barrio se consolidó cuando en las décadas de los 50 y 60 los sectores más pudientes despoblaron el casco histórico, atraídos por los nuevos núcleos residenciales de gran prestigio social como Los Remedios.

Este fenómeno estuvo acompañado de otro fuerte desplazamiento de población rural hacia los nuevos polígonos residenciales de la periferia urbana, lo que determinó que a la zona llegasen las personas con menos recursos y posibilidades a fin de habitar la infravivienda junto al modesto vecindario local.

Las industrias se trasladaron a las afueras, donde el suelo era más barato y había mejores accesos por carretera. Esto liberó gran cantidad de solares en las cercanías del centro de la ciudad, por lo que acabó convirtiéndose en un goloso caramelo para la especulación urbanística.

En la década de los 60, las clases obreras todavía se agolpaban en los corrales del norte del casco histórico de Sevilla, donde se encontraba casi el 40% de la población de la ciudad. Pero durante los años posteriores comenzó el abandono de las viviendas colectivas y la zona inició un lento, persistente y progresivo proceso de envejecimiento de la población, potenciado por las populistas políticas de vivienda de la posguerra . La legislación congelaba las rentas, pero no obligaba a los propietarios a efectuar reparaciones, con lo que los dueños preferían dejar que las viviendas se cayeran a pedazos para sacar el máximo beneficio de los alquileres.

De esta manera comenzó una práctica que se ha extendido hasta nuestros días, sobre todo desde que los propietarios fueron conscientes de que el verdadero valor de la zona no radicaba en los inmuebles y en los alquileres, sino en el suelo que ocupaban, en pleno centro de una ciudad moderna. Fue el pistoletazo de salida para un lento y casi invisible proceso de gentrificación, consistente en el desalojo y expulsión de la población originaria de la zona y su sustitución por otra de mayor poder adquisitivo. En el camino quedó buena parte del patrimonio arquitectónico, la diversidad social y la convivencia tradicional del barrio.

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Flickr | San Luis. De la metamorfosis de un barrio

Calle San Blas. Unos bloques de pisos construidos por la Empresa Pública del Suelo de Andalucía (EPSA) en un solar cedido por la Gerencia de Urbanismo de Sevilla se construyen en pleno barrio de San Luis, con una estética que choca frontalmente con la de los edificios circundantes.

La Casa Palacio del Pumarejo es uno de los edificios más emblemáticos, bellos y antiguos de la zona. Actualmente se encuentra en estado de ruina, debido a muchos años de abandono por parte de sus sucesivos propietarios

Pancarta que los vecinos de la Casa Palacio del Pumarejo colgaron en una de las ventanas de este edificio histórico, con el que el Ayuntamiento de Sevilla tiene un compromiso de rehabilitación.

Calle San Blas, en el barrio de San Luis de Sevilla. Esta calle constituye uno de los principales exponentes del cambio que ha sufrido la zona a raíz de la aplicación del Plan Urban, entre 1995 y 2003. Allí, las construcciones de nueva planta conviven pared con pared con otras antiguas, aunque no tanto, ya que la mayoría de edificios antiguos han sido derribados.

El ansia por vender edificios ruinosos (o no) a precio de oro a promotoras e inmobiliarias durante los años de la burbuja inmobiliaria provocó no sólo un cambio radical de la fisionomía urbana del barrio, sino también los tristes casos de venta de edificios con inquilinos dentro.

Fachada del número 3 de la calle Macasta, cerca de la Plaza del Pumarejo. Este edificio, apuntalado y en estado semirruinoso, se encuentra pendiente de un proceso de rehabilitación concertado entre el propietario y la Administración. Es el único edificio antiguo que queda en el extremo occidental de esta larga calle. El resto ha sido rehabilitado o derribado y reconstruido.
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